viernes, febrero 03, 2012

Inscripciones abiertas, período 2012

A partir de marzo comenzarán a funcionar los nuevos grupos del taller, siempre con la participación del escritor Felipe Polleri.
Además, este año damos la opción de talleres individuales y quincenales.

Por cualquier consulta:

2902 33 79

o

pargonzalo@gmail.com

Gracias.

martes, noviembre 22, 2011

Finales y principios

Seguimos trabajando, lo haremos hasta bien avanzado diciembre (cuando nos superen las "fiestas"), nos daremos un descanso en enero y retomaremos en febrero. Pero, como siempre, éste es el momento de empezar a invitar a los nuevos interesados.
En otras palabras, se abren las inscripciones para el Taller Literario Vivencial El Puente, período 2012.
Pueden consultar a través de
pargonzalo@gmail.com
o por el teléfono
29023379

Serán amablemente atendidos.

domingo, abril 10, 2011

En el país el año empieza tarde a causa de sus bonitas y permanentes vacaciones...

... de modo que todavía quedan algunas oportunidades (pocas, por cierto) para integrarse al taller. El momento es ahora.

Quien se tiente, que se comunique. La forma de hacerlo está este mismo blog, si buscan.

Gracias.

jueves, marzo 24, 2011

sábado, diciembre 11, 2010

Para 2011

Se abren las inscripciones para El Puente. Con una novedad: durante el año colaborará con el taller el escritor Felipe Polleri.
Quienes deseen explorar sus posibilidades con la escritura, quienes busquen su voz literaria, quizá encuentren aquí un lugar. Para informarse, pueden llamar al:

2902 3379

o escribir a:

pargonzalo@gmail.com

Los grupos empezarán en marzo.

lunes, noviembre 15, 2010

martes, noviembre 02, 2010

Felipe Polleri en El Puente

Este jueves 4 de noviembre a las 20, nos damos el gusto de recibir al buen Felipe Polleri en nuestra casa.

Para saber más sobre el hombre y su obra, se puede visitar:

http://www.casaeditorialhum.com/autores/polleri-felipe

Y para saber todavía más, a comprar sus libros, por favor. De lo mejor que se está escribiendo en el país. En la región.

Recomendamos:

El rey de las cucarachas

La inocencia

O cualquier otro. Todos valen.

viernes, agosto 06, 2010

Nuevas recomendaciones (tan discutibles como las anteriores, tan subjetivas como las de cualquiera)

Dos novelas, poderosamente originales (no se parecen a ninguna otra):

Matadero cinco, de Kurt Vonnegut

y

Ferdydurke, de Witold Gombrowicz

Indispensables, además.

martes, febrero 09, 2010

Se abren las inscripciones para 2010

Por consultas e inscripciones:

Tel. 902 33 79

o

e-mail: pargonzalo@gmail.com

Los talleres comenzarán a mediados de marzo.

martes, noviembre 24, 2009

Del taller/8: Ese monstruo - Gladys Cousté

Mientras me cepillaba los dientes esa mañana me vi en el espejo. Cerré los ojos. Apreté los párpados con las manos hasta casi hundirlos. Mi cara no era mi cara.

Aflojé la presión y me armé de coraje. Espié entre los dedos. No era yo. Eran pedazos de otra. Franjas de carne. La de arriba, inclinada a la izquierda, arrugas profundas, negras, como surcos en la tierra. La siguiente, unos ojos desorbitados. Una mirada fija, opaca. La tercera una placa chata. La nariz sin volumen. Una nariz por la que no entraba ni salía aire. La última, la boca torcida hacia la derecha en una mueca dolorida. Y el mentón largo y puntiagudo como el de una bruja.

Un frío me recorrió el cuerpo. Pegué las manos a la cara como un telón piadoso.

Cuando sentí fuerzas las retiré. Los ojos se abrieron desmesurados. Volví a mirar. Sentí una puñalada en medio del pecho que me quitó el aire. Siguieron puntazos afilados en las sienes, frente, ojos, nariz, boca. Su afán era mutilarme. Quizás matarme.

Me eché sobre la pileta para borrar la aparición. Ahuequé las manos, las llené de agua helada y sumergí la cara. Estuve en eso mucho tiempo, hasta que empecé a no sentir. Respiré aliviada. Con los ojos cerrados me sequé. Con los ojos cerrados me pasé los dedos por el pelo. Quedé inmóvil un rato largo. Al fin cuando tuve fuerzas me miré.

Lancé un grito y un puñetazo al espejo que se hizo añicos.

©Gladys Cousté

lunes, abril 13, 2009

Reunión preliminar

Este miércoles -15 de abril- a las 19.

Para los inscriptos a los grupos de este año.

lunes, febrero 09, 2009

Inscripciones abiertas para el período 2009

Los interesados pueden pedir información o inscribirse por el correo:

pargonzalo@gmail.com

o por el teléfono:

902 33 79

Los talleres comenzarán a mediados de marzo.

jueves, febrero 05, 2009

¿Qué es El Puente?

Es un taller literario inspirado en el espíritu abierto con que el escritor Mario Levrero orientó los suyos. Se lo compara con un puente, porque en la primera orilla está la vivencia, la imaginación y la percepción de toda persona, con su riqueza muchas veces ignorada (antes que nadie, por la persona) y en la orilla final, el posible logro de un producto cultural válido y compartible. El trayecto a través de las tablas del puente es una aventura personal, aunque no solitaria ni desprotegida. En ese sentido puede compararse al taller con las barandas que acompañan, ayudan y resguardan al caminante -quien es el que debe dar los pasos.

¿Es un taller "levreriano"?

Sí, en el espíritu y en el uso de varias consignas ideadas por Mario. No, en el desarrollo posterior al primer año de trabajo. A partir de ese momento, sin perder el eje planteado, se proponen consignas de nuestra cosecha, que bucean en otras áreas de la vivencia y la percepción, con objetivos más específicos como generar personajes e interacción entre personajes, atender a los símbolos plantados en el texto y su función estructurante, y en general continuar una búsqueda que es inagotable.

¿Es un taller de análisis de textos?

Sí, de los producidos por los participantes. Aunque de manera puntual, con el fin de ilustrar algún punto en discusión y, por qué no, de ampliar el abanico de lecturas, se leen y analizan textos de autores "consagrados".

¿Qué busca el taller?

Que cada participante, superando temores e inhibiciones, descubra sus temas, sus estilos, el mundo que tiene para contar a los demás, y que lo cuente de la mejor manera posible.


¿Se trabaja la corrección de estilo?

No en el primer año de trabajo, ya que inhibiría el proceso de los participantes. En ese momento lo que importa es enfrentarse a la propia imaginación, sin desviar energías en la preocupación obsesiva por el "buen estilo". Más adelante, con aquellos participantes que estén dispuestos y preparados, sí puede plantearse una instancia de aprendizaje de corrección de estilo.

¿Cuál es la duración del taller?

De marzo a mediados de diciembre de cada año.

¿Hay diferentes grupos?

Sí. Hay grupos que hacen esta experiencia por primera vez (ese "primer año" que aquí se menciona reiteradamente). Luego, cada grupo y cada persona sigue su camino. Algunos, en este taller. Así, se generan grupos que profundizan en la tarea de imaginar (son aquellos que hacen todo lo que aquí se menciona como "después del primer año").

¿Quién coordina los grupos?

Gonzalo Paredes. Escritor, psicólogo y orientador de talleres de escritura desde 1998.

martes, febrero 03, 2009

No es la gran noticia del año, pero...

El jueves 5 de febrero, a las 20 hs., en el programa Sopa de letras de radio Uruguay 1050 AM, hablará el tipo que se oculta (es un decir) bajo el nick cinco clavos. El tema, aparentemente, su taller literario.

martes, abril 15, 2008

Del taller/7: El fin - Yael Szajnholc

La gata subió a la azotea de la casa reciclada. En el techo lindero habían tres perros policías. Alicia oyó un maullido agudo, se asustó; estaba sentada frente a al chimenea mirando la pared ennegrecida por la humedad. Se paró, llegó a la escalera, subió el primer escalón, se asomó; vio que Diego estaba bajando, el bolso le precedía.
–Me voy; cuándo… cuándo… no sé… no sé
–Esta bien –le dice Alicia sollozando. Los ojos hinchados ya no la dejaban ver casi nada.
–Después vemos qué hacemos con las cosas y la casa y…
–¡Sí, sí, claro, ya estas pensando en eso! ¿no? –grita desaforada
Diego termina de bajar la escalera; llega hasta la puerta, la abre y se va.
Cerró suave y seco. La llave que estaba puesta en la cerradura quedo meciéndose de un lado al otro como diciendo no.
Alicia sube la escalera; ve como de la pared del costado cae una gota de agua; toca la gota, luego toca la pared; no estaba húmeda; estaba empapada.
“No sé cómo vamos a vender esta casa de mierda con tanta humedad” piensa.
Sale a la azotea, cerca de la medianera ve a la gata, estaba descuartizada.

©Yael Szajnholc

lunes, abril 07, 2008

Se formaron dos grupos...

... Uno de ellos se reunirá los martes a las 19:30. El otro, los viernes a las 19.

Empezamos esta semana.

martes, noviembre 27, 2007

¡Inscripciones abiertas para el período 2008!

En marzo de 2008 empezará una nueva tanda de los talleres de El Puente, que es una manera de decir los talleres que coordina Gonzalo Paredes o sea yo.
Por consultas e inscripciones, envíen un correo a pargonzalo@gmail.com

Nos vemos.

PD: Los talleres acontecen en el Uruguay, por lo que se les hace un poco difícil llegar a quienes residen en otros países. Hay una alternativa. Cursos virtuales, vía correo electrónico y chat. Si les atrajera, también consulten por esa posibilidad.

Nos escribimos.

domingo, noviembre 04, 2007

Del taller/6: Carlitos - Yael Szajnholc

El ómnibus dobló hacia la rambla; el olor salado del mar me invadió; estaban ocupados todos los asientos. Yo me había sentado al lado de la ventana. Me gusta sentarme allí; en realidad creo que a todo el mundo le gusta sentarse cerca de una ventana.
Al lado mío estaba Carlitos, mi compañero de estudios, mi amigo, un tomador de cerveza compulsivo. Decía que sentir al líquido frío y espumoso pasando el paladar y luego la garganta le proporcionaba un placer único.
Veníamos de la casa de Alonso; habíamos ido para estudiar Neuropsicología; a Carlitos le fascinaba la materia; quería especializarse en esa disciplina.
El silencio entre nosotros parecía reparador. De pronto Carlitos me dice:
–¿Por qué a la gente le gusta sentarse al lado de la ventana?; seguro es para no tener que interactuar con nadie; esto no me gusta; no me gusta nada.
Lo miré intrigada y asentí, siguiéndole la corriente.
La noche envolvió al ómnibus en marcha; pasaba por calles tan oscuras como el petróleo y por otras con tanta luz que te enceguecía.
–La gente no quiere ser molestada, no le importa nada de nada –dijo Carlitos.
Sentí que el ambiente se tornaba un poco pesado. Miré para abajo; comencé a jugar con el boleto; son tan finitos que a veces se te olvida que lo tenés en la mano. –Ya casi llegamos al centro –le dije.
Luego de tres paradas, me dio un beso y se bajo.
Yo tenía como veinte minutos más de viaje, me acomodé para ver las luces y sombras de la ciudad. El olor a azufre envolvió el aire enrarecido del ómnibus. Esa fue la última vez que lo vi.

©Yael Szajnholc

jueves, octubre 25, 2007

Del taller/5: Natura - Sara G.

El hombre estaba sentado, inmóvil, con la cara hacia el jardín de la casa, situada a sus espaldas.
El suave viento del atardecer hamacaba las ropas tendidas, extendiendo las mangas de las camisas como hacia un abrazo.
El colibrí, colgado en el aire, daba sus últimas vueltas en el malvavisco en flor. Las golondrinas que habían anidado en el punto más alto del interior del quincho, salían con agresividad, dando vueltas en picada alrededor de la cabeza del hombre, molestas por esa presencia inoportuna, inmóvil.
Los sapos ya comenzaban a salir de sus pozos, acercándose al camino de las hormigas. Sentados al costado, con sus ojos abultados, en un instante extendían sus lenguas e introducían pegadas a ella, a las perseverantes hormigas.
La luna se dibujaba en el atardecer, presidiendo lo que parecía un escenario fantástico de pinos enhiestos y rayos de difusos colores rosas y verdes embadurnando el cielo.
Al costado de la casa dobló la cabeza puntiaguda de un perro. Al ver al hombre se detuvo en seco, sin doblar del todo,lanzó un aullido prolongado, quebrado, y salió corriendo velozmente.
El hombre se levantó, dio vuelta la silla hacia el oscuro interior de la casa que la puerta dejaba ver, y se sentó otra vez,inmóvil, agobiado por el instinto automático de vivir que lo rodeaba.

©Sara G.

lunes, octubre 15, 2007

Del taller/4: Mamífero de madera - Marta Vidal

Jorge apuró la salida de la ducha para contestar el teléfono –nunca había podido ignorar el timbre penetrante del aparato. Corrió ajustándose la toalla alrededor de la cintura y resbalando sobre el piso de monolítico, hasta levantar el tubo. Respiró profundo para disimular la fatiga.
-Holaaaaaa…
-¡Hola! Me enteré de que hoy es el gran día.
-Ah… hola, Manuel. ¿Qué tal?
-Yo bárbaro. Tú ¿te estás produciendo? Esmerate, mirá que Caro es mi amiga y una mina bárbara. No me vayas a dejar pegado –alertó Manuel, más divertido que preocupado.
-Tranquilo. Imposible que te deje pegado. Tengo todo bajo control.
-¿Cómo te vas a vestir? No vayas muy formal; mirá que es de lo más sencilla. Anda siempre de vaqueros o calzas.
-¿Y cómo le quedan?
-Bien, bien. Ya te comenté. Ella va a mi gimnasio; obvio que le quedan bien. ¡La casa es seria! ¿Por qué no vas vos también? Muchos hombres hacen gimnasia conmigo.
-No, no. Lo mío es otra cosa. Bueno, estoy chorreando agua; me sacaste de la ducha. Después hablamos.
-OK, George; suerte. Andá nomás. Producite bien.
-Chau –Jorge cortó con sequedad, golpeando el teléfono al colgar.
“Trolo, trolazo… ¿Qué se tiene que meter?”, protestó en silencio, de regreso al baño.
Le sonrió a su imagen mientras pasaba por el cuello, la cara y las orejas la afeitadora eléctrica. –Hacía algunos años que debía combatir a diario una enmarañada mata de pelos hirsutos que crecían por todas partes de su cuerpo-.
Eligió con esmero la ropa; incluso buscó el boxer más adecuado y que le ajustara bien.
-Vos portate bien; a nuestra altura, como siempre –dijo estirando el elástico de la cintura del boxer y mirando dentro de él.
Acomodó, como calzándolos, sus genitales y continuó vistiéndose. Mientras abrochaba los botones de la camisa Polo blanca, parado frente al espejo de pie, se echó una cuantas miradas desde todos los ángulos. Se detuvo unos instantes, conteniendo la respiración y tensando los músculos abdominales, mientras analizaba su imagen reflejada. Una mueca de aprobación y un sonido similar al aullido de un lobo precedieron la salida. Antes de atravesar la puerta del dormitorio, tanteó los bolsillos comprobando tener todo lo necesario, incluido el paquetito de preservativos que siempre guardaba en el bolsillo de atrás.
Luego recogió las llaves del Mercedes color crema. “Vamos a ver si sos puntual”, desafió a Carolina en su fantasía, mientras encendía el automóvil haciendo rugir el motor. Todavía dentro del garage, apretó el acelerador una y otra y otra vez. El
coche respondía demostrando su potencia.
-Sonás como el rey de la selva –dijo satisfecho, palmeando el volante.
Pocos minutos después, exactamente a la hora acordada, estaba estacionado frente a la casa de Caro. Encendió la radio y se dispuso a esperar. “Todas las mujeres demoran”, pensó. Los ladridos del perro de Carolina, alertándola sobre la presencia de un extraño, oficiaron de timbre. Ella salió rápidamente -el perro se ponía nervioso-.
-¡AH!, bueno… sos una mujer puntual… -dijo él a modo de saludo y le abrió la puerta del coche.
-Parece que tú también –comentó ella un poco desconcertada.
-Puntual, querrás decir –y el motor lanzó un voluminoso rugido-. ¿Pocitos o Centro? Elegiste un horario un poco difícil.
-Pocitos –dijo Caro sin pensar demasiado.
-¿Comemos unas pizzas? ¿Te parece?
-Sí, claro –acordó ella.
De camino, un semáforo detuvo su marcha. Cuatro jóvenes se lanzaron de ambos lados del cruce, ofreciendo limpiar los parabrisas. Jorge negó con la cabeza sin mirar al muchacho.
-¡Qué fastidio! –protestó.
Carolina lo miró de reojo y decidió guardar sus comentarios. Otro semáforo más y nuevos jóvenes haciendo malabares a cambio de una moneda, lo molestaron nuevamente.
-No sé por qué no los levantan a todos y se los llevan presos. Son todos chorros. ¿No te parece?
-NO, no me parece. Creo que no se debe generalizar.
-No me parece que me equivoque mucho si generalizo. En todo caso siempre han pagado justos por pecadores.
Y un silencio helado se adueñó del interior del vehículo.
-Sos bastante callada, ¿no? –comentó momentos más tarde.
Carolina se debatía entre continuar con la cita a ciegas, o fingir un terrible dolor de estómago que abortara la experiencia.
-¿De dónde conocés a Manuel? –preguntó ella como para romper el hielo del momento.
-Es vecino. Lo conozco muy poco. No somos amigos ni nada –respondió Jorge visiblemente incómodo.
-Es bárbaro, muy especial. Es mi profe de gimnasia. ¿Hacés algún deporte?
-No, no. No tengo tiempo. La empresa requiere mucha dedicación. Mirá, llegamos.
Jorge se apresuró a abrir todas las puertas para que Caro pasara; le arrimó la silla y rellenó de bebida el vaso varias veces mientras comían. Durante un rato habló de clientes y empleados, de negocios brillantes y de hábiles abogados y contadores que sabían caminar impunemente sobre la línea que divide lo legal de lo ilegal. Caro comía, más atenta a la muzarella que a la charla. “La tengo casi lista… se muere por la guita como todas. Pensar que el trolo ese decía que era sencilla. ¡Qué va! Lo de siempre… por la plata baila el mono” .
-Tu ex ¿a qué se dedicaba? –preguntó con aire ganador.
-A romperme las bolas –respondió, negándose a entrar en la propuesta competitiva.
-Mi ex también me rompió bastante las bolas; de hecho, todavía lo hace. Una loca…, pobre. Tenía, tiene todavía y tendrá siempre un problema de bloqueo sexual. Yo le ofrecí todo, sin embargo ella nunca pudo…; bueno, ¿qué digo ella?, todas las mujeres tienen problemática sexual. La que no es una reprimida, se te tira encima.
Durante un rato Jorge continuó relatando anécdotas íntimas, convencido de que el silencio de su interlocutora indicaba que se la estaba ganando. “Está fascinada… ya está”.
-¿Tú no has de ser como todas?, supongo –Jorge pensaba que las mujeres económicamente independientes eran, por regla general, competitivas. Por lo tanto si la desafiaba, ella terminaría haciendo sin darse cuenta, lo que él quería.
Se tanteó el bolsillo de atrás.
-¿Vamos?, es un poco tarde –dijo ella.
-Claro –respondió solícito. “Está deseosa y bastante apurada; mejor”. Separó la silla de ella; le colocó el abrigo sobre los hombros; le abrió la puerta del boliche, luego la del auto y le sonrió.
Encendió el motor del Mercedes; aceleró y escuchó con deleite el rugido. Comenzaba a excitarse. Antes de llegar a la esquina donde debía abandonar la Rambla, rumbo a la casa de Caro, detuvo el auto y se acomodó.
-¿Te asustás? –preguntó con una mezcla de inocencia y maldad.
-No –respondió ella simulando confianza.
-¿No te asusta que me pare acá que está tan oscuro?
-No. Por suerte pasan taxis –señaló Caro.
-Tenés carácter. Eso me gusta. Bueno, si no me gustaras no estaríamos acá. No me gusta perder el tiempo.
-Es tarde; mejor llevame a casa –Carolina disimulaba como podía.
-No soy de madera nena –dijo; la sujetó por los hombros y su lengua lamió toda la cara de Caro.
-No soy de madera, no soy de madera… -repetía con orgullo, tragándose el maquillaje de ella con su enorme lengua húmeda.
Ella se encogía como si fuera una tortuga en presencia de un depredador, tratando de esconder la cabeza dentro del caparazón. Él se sentía poderoso. “Me desea pero me teme. La tengo muerta. Voy a darle un tiempo más para que histeriquee y se mande la parte; todas las mujeres tienen que hacerse las difíciles”.
Todavía apresándola por los hombros, la alejó un poco y la miró como escudriñando en su interior. Carolina sólo sentía asco y desconcierto.
-¿¡Qué!? ¿Tú también tenés bloqueo sexual? Mirá que yo no, ¿eh? Bueno… lo habrás notado… supongo.
-Vámonos, es tarde –dijo seria, disimulando temores.
Jorge puso en marcha su Mercedes y sin decir palabra, la llevó hasta la puerta de su casa. De camino, ya más tranquila, Carolina pensaba cómo vengarse de Manuel.
“Estaba visto… amiga de un trolo, tenía que ser una histérica…”, pensaba él.
Frente a su casa, con el alivio que le daba el fin de la experiencia, Carolina apuró un beso que ni siquiera rozó la mejilla de Jorge y abrió la puerta -no podía esperar otra falsa maniobra caballeresca. Él no la hizo, por el contrario: tomó con fuerza la mano izquierda de ella y junto con la suya envolvió su orgulloso pene erecto.
-Disculpá que no me baje a acompañarte hasta la puerta…, estoy húmedo… -dijo mirándola a los ojos. Segundos después liberó la mano.
Carolina atravesó el portón lo más rápido que pudo. Jorge sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:

-¿Viste?, ¡no soy de madera!
Ella no lo oyó; el perro no paraba de ladrar. Sin utilizar la mano izquierda, abrió la puerta de su casa y entró. No miró para atrás.
Él miraba satisfecho su entrepierna abultada
-Tranquilo –le dijo a su pene-, vos no aflojes. No va a pasar demasiado tiempo hasta que encontremos una mujer de verdad.

©Marta Vidal