Mientras me cepillaba los dientes esa mañana me vi en el espejo. Cerré los ojos. Apreté los párpados con las manos hasta casi hundirlos. Mi cara no era mi cara.
Aflojé la presión y me armé de coraje. Espié entre los dedos. No era yo. Eran pedazos de otra. Franjas de carne. La de arriba, inclinada a la izquierda, arrugas profundas, negras, como surcos en la tierra. La siguiente, unos ojos desorbitados. Una mirada fija, opaca. La tercera una placa chata. La nariz sin volumen. Una nariz por la que no entraba ni salía aire. La última, la boca torcida hacia la derecha en una mueca dolorida. Y el mentón largo y puntiagudo como el de una bruja.
Un frío me recorrió el cuerpo. Pegué las manos a la cara como un telón piadoso.
Cuando sentí fuerzas las retiré. Los ojos se abrieron desmesurados. Volví a mirar. Sentí una puñalada en medio del pecho que me quitó el aire. Siguieron puntazos afilados en las sienes, frente, ojos, nariz, boca. Su afán era mutilarme. Quizás matarme.
Me eché sobre la pileta para borrar la aparición. Ahuequé las manos, las llené de agua helada y sumergí la cara. Estuve en eso mucho tiempo, hasta que empecé a no sentir. Respiré aliviada. Con los ojos cerrados me sequé. Con los ojos cerrados me pasé los dedos por el pelo. Quedé inmóvil un rato largo. Al fin cuando tuve fuerzas me miré.
Lancé un grito y un puñetazo al espejo que se hizo añicos.
©Gladys Cousté
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martes, noviembre 24, 2009
martes, abril 15, 2008
Del taller/7: El fin - Yael Szajnholc
La gata subió a la azotea de la casa reciclada. En el techo lindero habían tres perros policías. Alicia oyó un maullido agudo, se asustó; estaba sentada frente a al chimenea mirando la pared ennegrecida por la humedad. Se paró, llegó a la escalera, subió el primer escalón, se asomó; vio que Diego estaba bajando, el bolso le precedía.
–Me voy; cuándo… cuándo… no sé… no sé
–Esta bien –le dice Alicia sollozando. Los ojos hinchados ya no la dejaban ver casi nada.
–Después vemos qué hacemos con las cosas y la casa y…
–¡Sí, sí, claro, ya estas pensando en eso! ¿no? –grita desaforada
Diego termina de bajar la escalera; llega hasta la puerta, la abre y se va.
Cerró suave y seco. La llave que estaba puesta en la cerradura quedo meciéndose de un lado al otro como diciendo no.
Alicia sube la escalera; ve como de la pared del costado cae una gota de agua; toca la gota, luego toca la pared; no estaba húmeda; estaba empapada.
“No sé cómo vamos a vender esta casa de mierda con tanta humedad” piensa.
Sale a la azotea, cerca de la medianera ve a la gata, estaba descuartizada.
©Yael Szajnholc
–Me voy; cuándo… cuándo… no sé… no sé
–Esta bien –le dice Alicia sollozando. Los ojos hinchados ya no la dejaban ver casi nada.
–Después vemos qué hacemos con las cosas y la casa y…
–¡Sí, sí, claro, ya estas pensando en eso! ¿no? –grita desaforada
Diego termina de bajar la escalera; llega hasta la puerta, la abre y se va.
Cerró suave y seco. La llave que estaba puesta en la cerradura quedo meciéndose de un lado al otro como diciendo no.
Alicia sube la escalera; ve como de la pared del costado cae una gota de agua; toca la gota, luego toca la pared; no estaba húmeda; estaba empapada.
“No sé cómo vamos a vender esta casa de mierda con tanta humedad” piensa.
Sale a la azotea, cerca de la medianera ve a la gata, estaba descuartizada.
©Yael Szajnholc
domingo, noviembre 04, 2007
Del taller/6: Carlitos - Yael Szajnholc
El ómnibus dobló hacia la rambla; el olor salado del mar me invadió; estaban ocupados todos los asientos. Yo me había sentado al lado de la ventana. Me gusta sentarme allí; en realidad creo que a todo el mundo le gusta sentarse cerca de una ventana.
Al lado mío estaba Carlitos, mi compañero de estudios, mi amigo, un tomador de cerveza compulsivo. Decía que sentir al líquido frío y espumoso pasando el paladar y luego la garganta le proporcionaba un placer único.
Veníamos de la casa de Alonso; habíamos ido para estudiar Neuropsicología; a Carlitos le fascinaba la materia; quería especializarse en esa disciplina.
El silencio entre nosotros parecía reparador. De pronto Carlitos me dice:
–¿Por qué a la gente le gusta sentarse al lado de la ventana?; seguro es para no tener que interactuar con nadie; esto no me gusta; no me gusta nada.
Lo miré intrigada y asentí, siguiéndole la corriente.
La noche envolvió al ómnibus en marcha; pasaba por calles tan oscuras como el petróleo y por otras con tanta luz que te enceguecía.
–La gente no quiere ser molestada, no le importa nada de nada –dijo Carlitos.
Sentí que el ambiente se tornaba un poco pesado. Miré para abajo; comencé a jugar con el boleto; son tan finitos que a veces se te olvida que lo tenés en la mano. –Ya casi llegamos al centro –le dije.
Luego de tres paradas, me dio un beso y se bajo.
Yo tenía como veinte minutos más de viaje, me acomodé para ver las luces y sombras de la ciudad. El olor a azufre envolvió el aire enrarecido del ómnibus. Esa fue la última vez que lo vi.
©Yael Szajnholc
Al lado mío estaba Carlitos, mi compañero de estudios, mi amigo, un tomador de cerveza compulsivo. Decía que sentir al líquido frío y espumoso pasando el paladar y luego la garganta le proporcionaba un placer único.
Veníamos de la casa de Alonso; habíamos ido para estudiar Neuropsicología; a Carlitos le fascinaba la materia; quería especializarse en esa disciplina.
El silencio entre nosotros parecía reparador. De pronto Carlitos me dice:
–¿Por qué a la gente le gusta sentarse al lado de la ventana?; seguro es para no tener que interactuar con nadie; esto no me gusta; no me gusta nada.
Lo miré intrigada y asentí, siguiéndole la corriente.
La noche envolvió al ómnibus en marcha; pasaba por calles tan oscuras como el petróleo y por otras con tanta luz que te enceguecía.
–La gente no quiere ser molestada, no le importa nada de nada –dijo Carlitos.
Sentí que el ambiente se tornaba un poco pesado. Miré para abajo; comencé a jugar con el boleto; son tan finitos que a veces se te olvida que lo tenés en la mano. –Ya casi llegamos al centro –le dije.
Luego de tres paradas, me dio un beso y se bajo.
Yo tenía como veinte minutos más de viaje, me acomodé para ver las luces y sombras de la ciudad. El olor a azufre envolvió el aire enrarecido del ómnibus. Esa fue la última vez que lo vi.
©Yael Szajnholc
jueves, octubre 25, 2007
Del taller/5: Natura - Sara G.
El hombre estaba sentado, inmóvil, con la cara hacia el jardín de la casa, situada a sus espaldas.
El suave viento del atardecer hamacaba las ropas tendidas, extendiendo las mangas de las camisas como hacia un abrazo.
El colibrí, colgado en el aire, daba sus últimas vueltas en el malvavisco en flor. Las golondrinas que habían anidado en el punto más alto del interior del quincho, salían con agresividad, dando vueltas en picada alrededor de la cabeza del hombre, molestas por esa presencia inoportuna, inmóvil.
Los sapos ya comenzaban a salir de sus pozos, acercándose al camino de las hormigas. Sentados al costado, con sus ojos abultados, en un instante extendían sus lenguas e introducían pegadas a ella, a las perseverantes hormigas.
La luna se dibujaba en el atardecer, presidiendo lo que parecía un escenario fantástico de pinos enhiestos y rayos de difusos colores rosas y verdes embadurnando el cielo.
Al costado de la casa dobló la cabeza puntiaguda de un perro. Al ver al hombre se detuvo en seco, sin doblar del todo,lanzó un aullido prolongado, quebrado, y salió corriendo velozmente.
El hombre se levantó, dio vuelta la silla hacia el oscuro interior de la casa que la puerta dejaba ver, y se sentó otra vez,inmóvil, agobiado por el instinto automático de vivir que lo rodeaba.
©Sara G.
El suave viento del atardecer hamacaba las ropas tendidas, extendiendo las mangas de las camisas como hacia un abrazo.
El colibrí, colgado en el aire, daba sus últimas vueltas en el malvavisco en flor. Las golondrinas que habían anidado en el punto más alto del interior del quincho, salían con agresividad, dando vueltas en picada alrededor de la cabeza del hombre, molestas por esa presencia inoportuna, inmóvil.
Los sapos ya comenzaban a salir de sus pozos, acercándose al camino de las hormigas. Sentados al costado, con sus ojos abultados, en un instante extendían sus lenguas e introducían pegadas a ella, a las perseverantes hormigas.
La luna se dibujaba en el atardecer, presidiendo lo que parecía un escenario fantástico de pinos enhiestos y rayos de difusos colores rosas y verdes embadurnando el cielo.
Al costado de la casa dobló la cabeza puntiaguda de un perro. Al ver al hombre se detuvo en seco, sin doblar del todo,lanzó un aullido prolongado, quebrado, y salió corriendo velozmente.
El hombre se levantó, dio vuelta la silla hacia el oscuro interior de la casa que la puerta dejaba ver, y se sentó otra vez,inmóvil, agobiado por el instinto automático de vivir que lo rodeaba.
©Sara G.
lunes, octubre 15, 2007
Del taller/4: Mamífero de madera - Marta Vidal
Jorge apuró la salida de la ducha para contestar el teléfono –nunca había podido ignorar el timbre penetrante del aparato. Corrió ajustándose la toalla alrededor de la cintura y resbalando sobre el piso de monolítico, hasta levantar el tubo. Respiró profundo para disimular la fatiga.
-Holaaaaaa…
-¡Hola! Me enteré de que hoy es el gran día.
-Ah… hola, Manuel. ¿Qué tal?
-Yo bárbaro. Tú ¿te estás produciendo? Esmerate, mirá que Caro es mi amiga y una mina bárbara. No me vayas a dejar pegado –alertó Manuel, más divertido que preocupado.
-Tranquilo. Imposible que te deje pegado. Tengo todo bajo control.
-¿Cómo te vas a vestir? No vayas muy formal; mirá que es de lo más sencilla. Anda siempre de vaqueros o calzas.
-¿Y cómo le quedan?
-Bien, bien. Ya te comenté. Ella va a mi gimnasio; obvio que le quedan bien. ¡La casa es seria! ¿Por qué no vas vos también? Muchos hombres hacen gimnasia conmigo.
-No, no. Lo mío es otra cosa. Bueno, estoy chorreando agua; me sacaste de la ducha. Después hablamos.
-OK, George; suerte. Andá nomás. Producite bien.
-Chau –Jorge cortó con sequedad, golpeando el teléfono al colgar.
“Trolo, trolazo… ¿Qué se tiene que meter?”, protestó en silencio, de regreso al baño.
Le sonrió a su imagen mientras pasaba por el cuello, la cara y las orejas la afeitadora eléctrica. –Hacía algunos años que debía combatir a diario una enmarañada mata de pelos hirsutos que crecían por todas partes de su cuerpo-.
Eligió con esmero la ropa; incluso buscó el boxer más adecuado y que le ajustara bien.
-Vos portate bien; a nuestra altura, como siempre –dijo estirando el elástico de la cintura del boxer y mirando dentro de él.
Acomodó, como calzándolos, sus genitales y continuó vistiéndose. Mientras abrochaba los botones de la camisa Polo blanca, parado frente al espejo de pie, se echó una cuantas miradas desde todos los ángulos. Se detuvo unos instantes, conteniendo la respiración y tensando los músculos abdominales, mientras analizaba su imagen reflejada. Una mueca de aprobación y un sonido similar al aullido de un lobo precedieron la salida. Antes de atravesar la puerta del dormitorio, tanteó los bolsillos comprobando tener todo lo necesario, incluido el paquetito de preservativos que siempre guardaba en el bolsillo de atrás.
Luego recogió las llaves del Mercedes color crema. “Vamos a ver si sos puntual”, desafió a Carolina en su fantasía, mientras encendía el automóvil haciendo rugir el motor. Todavía dentro del garage, apretó el acelerador una y otra y otra vez. El
coche respondía demostrando su potencia.
-Sonás como el rey de la selva –dijo satisfecho, palmeando el volante.
Pocos minutos después, exactamente a la hora acordada, estaba estacionado frente a la casa de Caro. Encendió la radio y se dispuso a esperar. “Todas las mujeres demoran”, pensó. Los ladridos del perro de Carolina, alertándola sobre la presencia de un extraño, oficiaron de timbre. Ella salió rápidamente -el perro se ponía nervioso-.
-¡AH!, bueno… sos una mujer puntual… -dijo él a modo de saludo y le abrió la puerta del coche.
-Parece que tú también –comentó ella un poco desconcertada.
-Puntual, querrás decir –y el motor lanzó un voluminoso rugido-. ¿Pocitos o Centro? Elegiste un horario un poco difícil.
-Pocitos –dijo Caro sin pensar demasiado.
-¿Comemos unas pizzas? ¿Te parece?
-Sí, claro –acordó ella.
De camino, un semáforo detuvo su marcha. Cuatro jóvenes se lanzaron de ambos lados del cruce, ofreciendo limpiar los parabrisas. Jorge negó con la cabeza sin mirar al muchacho.
-¡Qué fastidio! –protestó.
Carolina lo miró de reojo y decidió guardar sus comentarios. Otro semáforo más y nuevos jóvenes haciendo malabares a cambio de una moneda, lo molestaron nuevamente.
-No sé por qué no los levantan a todos y se los llevan presos. Son todos chorros. ¿No te parece?
-NO, no me parece. Creo que no se debe generalizar.
-No me parece que me equivoque mucho si generalizo. En todo caso siempre han pagado justos por pecadores.
Y un silencio helado se adueñó del interior del vehículo.
-Sos bastante callada, ¿no? –comentó momentos más tarde.
Carolina se debatía entre continuar con la cita a ciegas, o fingir un terrible dolor de estómago que abortara la experiencia.
-¿De dónde conocés a Manuel? –preguntó ella como para romper el hielo del momento.
-Es vecino. Lo conozco muy poco. No somos amigos ni nada –respondió Jorge visiblemente incómodo.
-Es bárbaro, muy especial. Es mi profe de gimnasia. ¿Hacés algún deporte?
-No, no. No tengo tiempo. La empresa requiere mucha dedicación. Mirá, llegamos.
Jorge se apresuró a abrir todas las puertas para que Caro pasara; le arrimó la silla y rellenó de bebida el vaso varias veces mientras comían. Durante un rato habló de clientes y empleados, de negocios brillantes y de hábiles abogados y contadores que sabían caminar impunemente sobre la línea que divide lo legal de lo ilegal. Caro comía, más atenta a la muzarella que a la charla. “La tengo casi lista… se muere por la guita como todas. Pensar que el trolo ese decía que era sencilla. ¡Qué va! Lo de siempre… por la plata baila el mono” .
-Tu ex ¿a qué se dedicaba? –preguntó con aire ganador.
-A romperme las bolas –respondió, negándose a entrar en la propuesta competitiva.
-Mi ex también me rompió bastante las bolas; de hecho, todavía lo hace. Una loca…, pobre. Tenía, tiene todavía y tendrá siempre un problema de bloqueo sexual. Yo le ofrecí todo, sin embargo ella nunca pudo…; bueno, ¿qué digo ella?, todas las mujeres tienen problemática sexual. La que no es una reprimida, se te tira encima.
Durante un rato Jorge continuó relatando anécdotas íntimas, convencido de que el silencio de su interlocutora indicaba que se la estaba ganando. “Está fascinada… ya está”.
-¿Tú no has de ser como todas?, supongo –Jorge pensaba que las mujeres económicamente independientes eran, por regla general, competitivas. Por lo tanto si la desafiaba, ella terminaría haciendo sin darse cuenta, lo que él quería.
Se tanteó el bolsillo de atrás.
-¿Vamos?, es un poco tarde –dijo ella.
-Claro –respondió solícito. “Está deseosa y bastante apurada; mejor”. Separó la silla de ella; le colocó el abrigo sobre los hombros; le abrió la puerta del boliche, luego la del auto y le sonrió.
Encendió el motor del Mercedes; aceleró y escuchó con deleite el rugido. Comenzaba a excitarse. Antes de llegar a la esquina donde debía abandonar la Rambla, rumbo a la casa de Caro, detuvo el auto y se acomodó.
-¿Te asustás? –preguntó con una mezcla de inocencia y maldad.
-No –respondió ella simulando confianza.
-¿No te asusta que me pare acá que está tan oscuro?
-No. Por suerte pasan taxis –señaló Caro.
-Tenés carácter. Eso me gusta. Bueno, si no me gustaras no estaríamos acá. No me gusta perder el tiempo.
-Es tarde; mejor llevame a casa –Carolina disimulaba como podía.
-No soy de madera nena –dijo; la sujetó por los hombros y su lengua lamió toda la cara de Caro.
-No soy de madera, no soy de madera… -repetía con orgullo, tragándose el maquillaje de ella con su enorme lengua húmeda.
Ella se encogía como si fuera una tortuga en presencia de un depredador, tratando de esconder la cabeza dentro del caparazón. Él se sentía poderoso. “Me desea pero me teme. La tengo muerta. Voy a darle un tiempo más para que histeriquee y se mande la parte; todas las mujeres tienen que hacerse las difíciles”.
Todavía apresándola por los hombros, la alejó un poco y la miró como escudriñando en su interior. Carolina sólo sentía asco y desconcierto.
-¿¡Qué!? ¿Tú también tenés bloqueo sexual? Mirá que yo no, ¿eh? Bueno… lo habrás notado… supongo.
-Vámonos, es tarde –dijo seria, disimulando temores.
Jorge puso en marcha su Mercedes y sin decir palabra, la llevó hasta la puerta de su casa. De camino, ya más tranquila, Carolina pensaba cómo vengarse de Manuel.
“Estaba visto… amiga de un trolo, tenía que ser una histérica…”, pensaba él.
Frente a su casa, con el alivio que le daba el fin de la experiencia, Carolina apuró un beso que ni siquiera rozó la mejilla de Jorge y abrió la puerta -no podía esperar otra falsa maniobra caballeresca. Él no la hizo, por el contrario: tomó con fuerza la mano izquierda de ella y junto con la suya envolvió su orgulloso pene erecto.
-Disculpá que no me baje a acompañarte hasta la puerta…, estoy húmedo… -dijo mirándola a los ojos. Segundos después liberó la mano.
Carolina atravesó el portón lo más rápido que pudo. Jorge sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
-¿Viste?, ¡no soy de madera!
Ella no lo oyó; el perro no paraba de ladrar. Sin utilizar la mano izquierda, abrió la puerta de su casa y entró. No miró para atrás.
Él miraba satisfecho su entrepierna abultada
-Tranquilo –le dijo a su pene-, vos no aflojes. No va a pasar demasiado tiempo hasta que encontremos una mujer de verdad.
©Marta Vidal
-Holaaaaaa…
-¡Hola! Me enteré de que hoy es el gran día.
-Ah… hola, Manuel. ¿Qué tal?
-Yo bárbaro. Tú ¿te estás produciendo? Esmerate, mirá que Caro es mi amiga y una mina bárbara. No me vayas a dejar pegado –alertó Manuel, más divertido que preocupado.
-Tranquilo. Imposible que te deje pegado. Tengo todo bajo control.
-¿Cómo te vas a vestir? No vayas muy formal; mirá que es de lo más sencilla. Anda siempre de vaqueros o calzas.
-¿Y cómo le quedan?
-Bien, bien. Ya te comenté. Ella va a mi gimnasio; obvio que le quedan bien. ¡La casa es seria! ¿Por qué no vas vos también? Muchos hombres hacen gimnasia conmigo.
-No, no. Lo mío es otra cosa. Bueno, estoy chorreando agua; me sacaste de la ducha. Después hablamos.
-OK, George; suerte. Andá nomás. Producite bien.
-Chau –Jorge cortó con sequedad, golpeando el teléfono al colgar.
“Trolo, trolazo… ¿Qué se tiene que meter?”, protestó en silencio, de regreso al baño.
Le sonrió a su imagen mientras pasaba por el cuello, la cara y las orejas la afeitadora eléctrica. –Hacía algunos años que debía combatir a diario una enmarañada mata de pelos hirsutos que crecían por todas partes de su cuerpo-.
Eligió con esmero la ropa; incluso buscó el boxer más adecuado y que le ajustara bien.
-Vos portate bien; a nuestra altura, como siempre –dijo estirando el elástico de la cintura del boxer y mirando dentro de él.
Acomodó, como calzándolos, sus genitales y continuó vistiéndose. Mientras abrochaba los botones de la camisa Polo blanca, parado frente al espejo de pie, se echó una cuantas miradas desde todos los ángulos. Se detuvo unos instantes, conteniendo la respiración y tensando los músculos abdominales, mientras analizaba su imagen reflejada. Una mueca de aprobación y un sonido similar al aullido de un lobo precedieron la salida. Antes de atravesar la puerta del dormitorio, tanteó los bolsillos comprobando tener todo lo necesario, incluido el paquetito de preservativos que siempre guardaba en el bolsillo de atrás.
Luego recogió las llaves del Mercedes color crema. “Vamos a ver si sos puntual”, desafió a Carolina en su fantasía, mientras encendía el automóvil haciendo rugir el motor. Todavía dentro del garage, apretó el acelerador una y otra y otra vez. El
coche respondía demostrando su potencia.
-Sonás como el rey de la selva –dijo satisfecho, palmeando el volante.
Pocos minutos después, exactamente a la hora acordada, estaba estacionado frente a la casa de Caro. Encendió la radio y se dispuso a esperar. “Todas las mujeres demoran”, pensó. Los ladridos del perro de Carolina, alertándola sobre la presencia de un extraño, oficiaron de timbre. Ella salió rápidamente -el perro se ponía nervioso-.
-¡AH!, bueno… sos una mujer puntual… -dijo él a modo de saludo y le abrió la puerta del coche.
-Parece que tú también –comentó ella un poco desconcertada.
-Puntual, querrás decir –y el motor lanzó un voluminoso rugido-. ¿Pocitos o Centro? Elegiste un horario un poco difícil.
-Pocitos –dijo Caro sin pensar demasiado.
-¿Comemos unas pizzas? ¿Te parece?
-Sí, claro –acordó ella.
De camino, un semáforo detuvo su marcha. Cuatro jóvenes se lanzaron de ambos lados del cruce, ofreciendo limpiar los parabrisas. Jorge negó con la cabeza sin mirar al muchacho.
-¡Qué fastidio! –protestó.
Carolina lo miró de reojo y decidió guardar sus comentarios. Otro semáforo más y nuevos jóvenes haciendo malabares a cambio de una moneda, lo molestaron nuevamente.
-No sé por qué no los levantan a todos y se los llevan presos. Son todos chorros. ¿No te parece?
-NO, no me parece. Creo que no se debe generalizar.
-No me parece que me equivoque mucho si generalizo. En todo caso siempre han pagado justos por pecadores.
Y un silencio helado se adueñó del interior del vehículo.
-Sos bastante callada, ¿no? –comentó momentos más tarde.
Carolina se debatía entre continuar con la cita a ciegas, o fingir un terrible dolor de estómago que abortara la experiencia.
-¿De dónde conocés a Manuel? –preguntó ella como para romper el hielo del momento.
-Es vecino. Lo conozco muy poco. No somos amigos ni nada –respondió Jorge visiblemente incómodo.
-Es bárbaro, muy especial. Es mi profe de gimnasia. ¿Hacés algún deporte?
-No, no. No tengo tiempo. La empresa requiere mucha dedicación. Mirá, llegamos.
Jorge se apresuró a abrir todas las puertas para que Caro pasara; le arrimó la silla y rellenó de bebida el vaso varias veces mientras comían. Durante un rato habló de clientes y empleados, de negocios brillantes y de hábiles abogados y contadores que sabían caminar impunemente sobre la línea que divide lo legal de lo ilegal. Caro comía, más atenta a la muzarella que a la charla. “La tengo casi lista… se muere por la guita como todas. Pensar que el trolo ese decía que era sencilla. ¡Qué va! Lo de siempre… por la plata baila el mono” .
-Tu ex ¿a qué se dedicaba? –preguntó con aire ganador.
-A romperme las bolas –respondió, negándose a entrar en la propuesta competitiva.
-Mi ex también me rompió bastante las bolas; de hecho, todavía lo hace. Una loca…, pobre. Tenía, tiene todavía y tendrá siempre un problema de bloqueo sexual. Yo le ofrecí todo, sin embargo ella nunca pudo…; bueno, ¿qué digo ella?, todas las mujeres tienen problemática sexual. La que no es una reprimida, se te tira encima.
Durante un rato Jorge continuó relatando anécdotas íntimas, convencido de que el silencio de su interlocutora indicaba que se la estaba ganando. “Está fascinada… ya está”.
-¿Tú no has de ser como todas?, supongo –Jorge pensaba que las mujeres económicamente independientes eran, por regla general, competitivas. Por lo tanto si la desafiaba, ella terminaría haciendo sin darse cuenta, lo que él quería.
Se tanteó el bolsillo de atrás.
-¿Vamos?, es un poco tarde –dijo ella.
-Claro –respondió solícito. “Está deseosa y bastante apurada; mejor”. Separó la silla de ella; le colocó el abrigo sobre los hombros; le abrió la puerta del boliche, luego la del auto y le sonrió.
Encendió el motor del Mercedes; aceleró y escuchó con deleite el rugido. Comenzaba a excitarse. Antes de llegar a la esquina donde debía abandonar la Rambla, rumbo a la casa de Caro, detuvo el auto y se acomodó.
-¿Te asustás? –preguntó con una mezcla de inocencia y maldad.
-No –respondió ella simulando confianza.
-¿No te asusta que me pare acá que está tan oscuro?
-No. Por suerte pasan taxis –señaló Caro.
-Tenés carácter. Eso me gusta. Bueno, si no me gustaras no estaríamos acá. No me gusta perder el tiempo.
-Es tarde; mejor llevame a casa –Carolina disimulaba como podía.
-No soy de madera nena –dijo; la sujetó por los hombros y su lengua lamió toda la cara de Caro.
-No soy de madera, no soy de madera… -repetía con orgullo, tragándose el maquillaje de ella con su enorme lengua húmeda.
Ella se encogía como si fuera una tortuga en presencia de un depredador, tratando de esconder la cabeza dentro del caparazón. Él se sentía poderoso. “Me desea pero me teme. La tengo muerta. Voy a darle un tiempo más para que histeriquee y se mande la parte; todas las mujeres tienen que hacerse las difíciles”.
Todavía apresándola por los hombros, la alejó un poco y la miró como escudriñando en su interior. Carolina sólo sentía asco y desconcierto.
-¿¡Qué!? ¿Tú también tenés bloqueo sexual? Mirá que yo no, ¿eh? Bueno… lo habrás notado… supongo.
-Vámonos, es tarde –dijo seria, disimulando temores.
Jorge puso en marcha su Mercedes y sin decir palabra, la llevó hasta la puerta de su casa. De camino, ya más tranquila, Carolina pensaba cómo vengarse de Manuel.
“Estaba visto… amiga de un trolo, tenía que ser una histérica…”, pensaba él.
Frente a su casa, con el alivio que le daba el fin de la experiencia, Carolina apuró un beso que ni siquiera rozó la mejilla de Jorge y abrió la puerta -no podía esperar otra falsa maniobra caballeresca. Él no la hizo, por el contrario: tomó con fuerza la mano izquierda de ella y junto con la suya envolvió su orgulloso pene erecto.
-Disculpá que no me baje a acompañarte hasta la puerta…, estoy húmedo… -dijo mirándola a los ojos. Segundos después liberó la mano.
Carolina atravesó el portón lo más rápido que pudo. Jorge sacó la cabeza por la ventanilla y gritó:
-¿Viste?, ¡no soy de madera!
Ella no lo oyó; el perro no paraba de ladrar. Sin utilizar la mano izquierda, abrió la puerta de su casa y entró. No miró para atrás.
Él miraba satisfecho su entrepierna abultada
-Tranquilo –le dijo a su pene-, vos no aflojes. No va a pasar demasiado tiempo hasta que encontremos una mujer de verdad.
©Marta Vidal
sábado, septiembre 29, 2007
Del taller/3: Furia - Gladys Cousté
Se sirvió un whisky seco, doble. Lo tomó de un sorbo. El ardor recorrió su pecho. Miró a la mujer que lloraba tumbada en el sillón. Hasta hace un rato era su novia. Se sentía furioso. Tenía que irse rápido para no hacer una locura. Se veía rodeando con sus fuertes manos de rugbista el cuello blanco y fino. Veía la piel pálida volviéndose azulada a medida que él apretaba. "¡Hija de puta!", pensó. "¡Cómo se atrevió!"
Dio un portazo. De cuatro zancadas llegó al auto. Desactivó la alarma. Se tiró en el asiento. Sus manos aferraron el volante. Apretó el acelerador. Atravesó el jardín y tomó por Arocena.
-¡Maldita hija de puta!- gritó. El grito chocó contra los vidrios polarizados y le golpeó la cara. Giró chirriando sobre dos ruedas y tomó la rambla hacia afuera.
Las imágenes eran relámpagos en su cerebro. La sintió jadeando, húmeda, caliente, bajo su cuerpo. Quedó sin aire. Inhaló fuerte como para revivirse a sí mismo. La vio sobre otro sudando y gimiendo, en plena convulsión de sus cuerpos. Cerró los ojos. La vio caer boca arriba, laxa, abierta y feliz.
-¡Puta, reputa!- gritó. Volvió a acelerar penetrando la noche y la niebla.
Pulsó el botón de la radio. Una música estridente lo tensó más. Sintió que unos hilos interiores se cortaban y enrollaban sobre sí mismos.
Desabrochó varios botones de la camisa. Estaba empapado en sudor.
Cambió de emisora. El sonido fue más agudo. Decenas de cuchillos invisibles le entraron en la carne.
Con la mano derecha tomó un puñado de kleenex y secó la transpiración que le chorreaba por la frente y el cuello. Los tiró al piso.
Vio por la ventanilla los esqueletos blancos de los árboles que volaban en sentido contrario.
Los focos luchaban por abrirle un camino en la niebla gelatinosa. Sintió un golpe en el guardabarro. Un aullido o un llanto. Una masa oscura quedó gimiendo al borde de la carretera.
-¡Que te parió!– gritó. El grito murió asfixiado, sin respuesta. Aceleró más.
Una puntada aguda en el pecho lo dobló. Soltó el volante. El auto rozó un árbol. El hombre se volvió un bulto que pegó y rebotó una y otra vez contra las chapas. Pedazos de plástico, de vidrio y de metal pasaron frente a sus pupilas dilatadas.
La música estridente siguió sonando mientras la sangre caliente iba derritiendo la escarcha.
©Gladys Cousté
Dio un portazo. De cuatro zancadas llegó al auto. Desactivó la alarma. Se tiró en el asiento. Sus manos aferraron el volante. Apretó el acelerador. Atravesó el jardín y tomó por Arocena.
-¡Maldita hija de puta!- gritó. El grito chocó contra los vidrios polarizados y le golpeó la cara. Giró chirriando sobre dos ruedas y tomó la rambla hacia afuera.
Las imágenes eran relámpagos en su cerebro. La sintió jadeando, húmeda, caliente, bajo su cuerpo. Quedó sin aire. Inhaló fuerte como para revivirse a sí mismo. La vio sobre otro sudando y gimiendo, en plena convulsión de sus cuerpos. Cerró los ojos. La vio caer boca arriba, laxa, abierta y feliz.
-¡Puta, reputa!- gritó. Volvió a acelerar penetrando la noche y la niebla.
Pulsó el botón de la radio. Una música estridente lo tensó más. Sintió que unos hilos interiores se cortaban y enrollaban sobre sí mismos.
Desabrochó varios botones de la camisa. Estaba empapado en sudor.
Cambió de emisora. El sonido fue más agudo. Decenas de cuchillos invisibles le entraron en la carne.
Con la mano derecha tomó un puñado de kleenex y secó la transpiración que le chorreaba por la frente y el cuello. Los tiró al piso.
Vio por la ventanilla los esqueletos blancos de los árboles que volaban en sentido contrario.
Los focos luchaban por abrirle un camino en la niebla gelatinosa. Sintió un golpe en el guardabarro. Un aullido o un llanto. Una masa oscura quedó gimiendo al borde de la carretera.
-¡Que te parió!– gritó. El grito murió asfixiado, sin respuesta. Aceleró más.
Una puntada aguda en el pecho lo dobló. Soltó el volante. El auto rozó un árbol. El hombre se volvió un bulto que pegó y rebotó una y otra vez contra las chapas. Pedazos de plástico, de vidrio y de metal pasaron frente a sus pupilas dilatadas.
La música estridente siguió sonando mientras la sangre caliente iba derritiendo la escarcha.
©Gladys Cousté
sábado, septiembre 22, 2007
Del taller/2: Foco - Yael Szajnholc
La tarde en la pequeña ciudad oriental. En el barrio del norte mucha gente por las veredas y aún más autos por las calles.
En una esquina el semáforo en rojo; frente a él una casa antigua. Detrás de la rajada puerta, el living sin nadie.
La mesa de madera marrón con dos sillas junto a la pared cerca del cuarto.
El calor en el cuarto pequeño y oscuro. En el sofá, la señora con gotas de sudor; las gotas redondas casi perfectas en la sien con arrugas.
Por la ventana el viento cerca del pelo con canas. Las manos con puntos marrones y redondeados sobre el vestido. Los ojos vidriosos debajo de las sienes con arrugas.
Los pies en el piso, huesudos y flacos; con callos ensangrentados. La sangre casi marrón en el suelo; el hedor a podrido en el cuarto.
El cuadro de girasoles amarillos en la pared cerca de la ventana; en la ventana el sol casi naranja, redondo y perfecto como las gotas de sudor de la señora en el cuarto pequeño y oscuro.
©Yael Szajnholc
En una esquina el semáforo en rojo; frente a él una casa antigua. Detrás de la rajada puerta, el living sin nadie.
La mesa de madera marrón con dos sillas junto a la pared cerca del cuarto.
El calor en el cuarto pequeño y oscuro. En el sofá, la señora con gotas de sudor; las gotas redondas casi perfectas en la sien con arrugas.
Por la ventana el viento cerca del pelo con canas. Las manos con puntos marrones y redondeados sobre el vestido. Los ojos vidriosos debajo de las sienes con arrugas.
Los pies en el piso, huesudos y flacos; con callos ensangrentados. La sangre casi marrón en el suelo; el hedor a podrido en el cuarto.
El cuadro de girasoles amarillos en la pared cerca de la ventana; en la ventana el sol casi naranja, redondo y perfecto como las gotas de sudor de la señora en el cuarto pequeño y oscuro.
©Yael Szajnholc
lunes, septiembre 17, 2007
Del taller/1: Enrique y el ascensor - María Solá
Enrique una vez me dijo algo gracioso. Ocurrió en una de esas conversaciones luego de la separación; aquellas en las que ya todo fue hablado, en las que se repasó una y otra vez lo que funcionó y lo que no funcionó, donde lo único que queda es la nostalgia por los sentimientos perdidos.
Fue en una de esas conversaciones, tiempo después, que de pronto se rió y me dijo en un tono de certeza absoluta:
“La razón por la que no podría haber seguido contigo es lo del ascensor”.
“¿Qué ascensor?”, pregunté. En nuestras innumerables conversaciones anteriores, nunca había hecho mención alguna a un ascensor.
“Bueno”, dijo él. “Viste que cuando paraba el ascensor, yo te daba paso para que bajaras primero”.
“Sí”. Aún no comprendía a dónde quería llegar.
“Bueno... vos con esa cara de luna de valencia, bajabas del ascensor y te quedabas parada a medio camino”. Aquí Enrique suspiró, como si intentara contener la irritación que el recuerdo le producía. “Dabas unos pasos y te quedabas ahí parada, mirando no sé qué en el techo”.
“¡Estás inventando!”, refuté, divertida en el fondo.
“No estoy inventando, lo hacías te diría el ochenta por ciento de las veces. Te bajabas del ascensor, dabas unos pasos y te quedabas ahí parada”. Enrique hizo una imitación de lo que sería yo, ahí parada, mirando el techo. Extendió la cabeza hacia adelante, miró hacia arriba con una expresión levemente desorbitada y aflojó la mandíbula. “Entonces yo trataba de salir del ascensor pero me tapabas el camino”.
“Ay Enrique…” La cara de mongólica que me había puesto ya no me divirtió.
“Sí”, insistió. “Entonces tenía que darte un empujoncito”. Enrique imitó el empujoncito, ambas manos dando un brusco golpe en el aire.
“No me acuerdo”.
“Era así. Todas las veces que nos bajábamos del ascensor, tenía que darte un empujón para poder salir, siempre te quedabas parada a medio camino”.
“Bueno, recién me dijiste que era el ochenta por ciento de las veces”, dije airosa y rápidamente cambié de tema.
©María Solá
Fue en una de esas conversaciones, tiempo después, que de pronto se rió y me dijo en un tono de certeza absoluta:
“La razón por la que no podría haber seguido contigo es lo del ascensor”.
“¿Qué ascensor?”, pregunté. En nuestras innumerables conversaciones anteriores, nunca había hecho mención alguna a un ascensor.
“Bueno”, dijo él. “Viste que cuando paraba el ascensor, yo te daba paso para que bajaras primero”.
“Sí”. Aún no comprendía a dónde quería llegar.
“Bueno... vos con esa cara de luna de valencia, bajabas del ascensor y te quedabas parada a medio camino”. Aquí Enrique suspiró, como si intentara contener la irritación que el recuerdo le producía. “Dabas unos pasos y te quedabas ahí parada, mirando no sé qué en el techo”.
“¡Estás inventando!”, refuté, divertida en el fondo.
“No estoy inventando, lo hacías te diría el ochenta por ciento de las veces. Te bajabas del ascensor, dabas unos pasos y te quedabas ahí parada”. Enrique hizo una imitación de lo que sería yo, ahí parada, mirando el techo. Extendió la cabeza hacia adelante, miró hacia arriba con una expresión levemente desorbitada y aflojó la mandíbula. “Entonces yo trataba de salir del ascensor pero me tapabas el camino”.
“Ay Enrique…” La cara de mongólica que me había puesto ya no me divirtió.
“Sí”, insistió. “Entonces tenía que darte un empujoncito”. Enrique imitó el empujoncito, ambas manos dando un brusco golpe en el aire.
“No me acuerdo”.
“Era así. Todas las veces que nos bajábamos del ascensor, tenía que darte un empujón para poder salir, siempre te quedabas parada a medio camino”.
“Bueno, recién me dijiste que era el ochenta por ciento de las veces”, dije airosa y rápidamente cambié de tema.
©María Solá
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